
Soltemos amarguras, soltemos ataduras. El corazón se ha vuelto hueso y es imposible quitarse de la espalda y pecho el dolor hecho peso, materializado por la razón, moldeado por la fuerza, anclado por el remordimiento ingrato y rencoroso, por el odio morboso. ¿Es justo acaso que cuando se ha renacido de los infiernos salgan brazos quemados y torcidos a retenerte, a devolverte al fuego eterno del dolor? ¿No es acaso macabro que tus sesos se vuelvan arena de solo pensar en las abrumadoras presencias, esas que hunden tus sienes hasta eliminarte las ideas? Es un gusano verde, gordo y baboso el que recorre los pliegues de mi cerebro con naturalidad, revolcándose entre las pasiones y durmiendo sobre las virtudes y mi sentido de verdad. Son pequeños animalillos de extraños colores que sobre su piel llevan espinas mal formes, hambrientos de creatividad y sedientos de mi paz, consumen como droga mi estabilidad emocional. Es un monstruo viscoso y gordo que me habla al oído y me dice que te hiera a muerte, que con pinzas te quite los dientes, que te diga y haga cosas indecentes, que desee odiarte y amarte locamente, para así tenerte como mi objeto, como mi posesión mas preciada, como un amuleto con el que me desquite cuando mis planes no caminen y al que bese cuando mis ideas concreten sus fines. Es un frío que recorre mi espalda cada vez que escucho tu voz y la imagino enloqueciendo, así como quizás ahora yo lo estoy haciendo, es una cosquilla que viaja desde mi nuca hasta mis pies, que me retumba en las costillas, me hace sentir mariposas y provoca vomitarte la ropa, como un grifo fuera de control que lanza hiel, entrañas, mi cabeza, mis ocurrencias, mi dignidad, mi dolor, en un acto de desesperación. Soltemos amarguras, soltemos ataduras.
¿Acaso no es horrible lo que han hecho contigo? Te miro en el espejo, no puedo evitarlo y como una esquizofrénica te explico que no es tu culpa, que haz hecho todo sin quererlo, que tus amores no es que sean incorrectos, ni tampoco es que seas una asesina o una sicópata maldita. Tu personalidad, la forma en que la intensidad nubla lo concreto del razonamiento y de la lógica, la pasión te consume, te hace hervir la sangre, sale por tus poros y ese calor te abruma, te cocina. Tu deseo ardiente, incandescente como un manojo de luciérnagas rabiosas entre las manos de la noche oscura, hace que te sea tan imposible controlar lo que sientes... No es culpa de tu gusano verde, no es culpa del monstruo, ni de los animales, ni de la gente, es solo que tu mundo no es del orden del real universo, es algo paralelo, o quizás revuelto, no importa, solo es un mundo nuevo.
¿Es acaso lo que yo creo que estas haciendo? Hieres con el filo de tus palabras que caen sobre los cuellos como la guadaña de la muerte, y brillas luego, lozana e inocente, con el resplandor rojizo de la hoz ensangrentada. Sangre de tus muertos, consúmela y llénate de vacíos y rencores, de ese odio... ¡Como te odio! Y otra vez aparece el monstruo que me entrega unos cerillos y me dice que tiene un antojo, que te queme vivo, que quiere ver como se derrite tu piel, mientras me cierra un ojo... Pero llega un pulpo, de colores cambiantes, que con sus ocho patas me abraza, y me dice que este tranquila, que nada me hará caer, que entre los corales y sus tenáculos estoy protegida, y que entre la inmensidad del mar viviré sana, en paz y dormida, por el agua a salvo... Agua, agua...
Soltemos amarguras. ¡Quitemos de una vez las ataduras! Eres libre, no es tu destino servir de almuerzo a una bestia infernal, ser arrojada a la muerte como un vil tributo. No tienes que esperar a que llegue el hijo de tus dioses a que salve la existencia por que se ha enamorado de cinco segundos de tu vida, mientras te veía sufrir por que te creías perdida. ¿Porque me elegiste a mi para tu estúpido crimen? Oh, yo se que no soy una asesina, pero algo hay que choca contra ese concepto básico vida en mis invenciones. Vida es una flor hermosa, la maravilla mas grande y preciosa, con dientes y espinas puesta al medio de un jardín de bella y extraña vegetación, olorosa y hambrienta, que de entre sus colmillos cuelga saliva espesa, que esta presa de su apetito insaciable, de su belleza inigualable, a la cual todos admiran, pero a la que todos temen por que saben que terminaran en sus fauces, devorados por el ímpetu de su glotonería. Su única compañía es un gusano verde y baboso que recorre sus espinas a ojos cerrados, entre los cadáveres de los pocos que se han acercado, ya acostumbrado.
He vivido, he muerto, he renacido y otra vez en el infierno caído. Me han arrastrado mil veces los brazos de las criaturas, de los muertos sin salida, que no quieren quedarse solos en el lugar de la esperanza perdida, derrotados. He bailoteado entre los pétalos de la vida sin caer en su quijada infinita. Me he peleado y conciliado con mis engendros y esperpentos, tantas veces, que he perdido la cuenta para creer que tenemos un amor eterno. Mis sesos son arcilla, moldeados por la trayectoria de mi gusano, embellecidos y adornados por los animalillos traviesos. Vivo ahora entre corales, hice mi casa dentro de anémonas venenosas, a la vida le robe una hoja y me hice el techo, resguardada siempre por mi pulpo grande y salvador, el que, tan tierno, me cuenta historias y me acuna antes de dormir, rodeada siempre, siempre de mucha agua, ahogada entre burbujas duerme mi vida drogada por la sal y el veneno de mi anémona.
¡Me he soltado de las ataduras, escupí todas las amarguras!

¿Es acaso lo que yo creo que estas haciendo? Hieres con el filo de tus palabras que caen sobre los cuellos como la guadaña de la muerte, y brillas luego, lozana e inocente, con el resplandor rojizo de la hoz ensangrentada. Sangre de tus muertos, consúmela y llénate de vacíos y rencores, de ese odio... ¡Como te odio! Y otra vez aparece el monstruo que me entrega unos cerillos y me dice que tiene un antojo, que te queme vivo, que quiere ver como se derrite tu piel, mientras me cierra un ojo... Pero llega un pulpo, de colores cambiantes, que con sus ocho patas me abraza, y me dice que este tranquila, que nada me hará caer, que entre los corales y sus tenáculos estoy protegida, y que entre la inmensidad del mar viviré sana, en paz y dormida, por el agua a salvo... Agua, agua...
Soltemos amarguras. ¡Quitemos de una vez las ataduras! Eres libre, no es tu destino servir de almuerzo a una bestia infernal, ser arrojada a la muerte como un vil tributo. No tienes que esperar a que llegue el hijo de tus dioses a que salve la existencia por que se ha enamorado de cinco segundos de tu vida, mientras te veía sufrir por que te creías perdida. ¿Porque me elegiste a mi para tu estúpido crimen? Oh, yo se que no soy una asesina, pero algo hay que choca contra ese concepto básico vida en mis invenciones. Vida es una flor hermosa, la maravilla mas grande y preciosa, con dientes y espinas puesta al medio de un jardín de bella y extraña vegetación, olorosa y hambrienta, que de entre sus colmillos cuelga saliva espesa, que esta presa de su apetito insaciable, de su belleza inigualable, a la cual todos admiran, pero a la que todos temen por que saben que terminaran en sus fauces, devorados por el ímpetu de su glotonería. Su única compañía es un gusano verde y baboso que recorre sus espinas a ojos cerrados, entre los cadáveres de los pocos que se han acercado, ya acostumbrado.
He vivido, he muerto, he renacido y otra vez en el infierno caído. Me han arrastrado mil veces los brazos de las criaturas, de los muertos sin salida, que no quieren quedarse solos en el lugar de la esperanza perdida, derrotados. He bailoteado entre los pétalos de la vida sin caer en su quijada infinita. Me he peleado y conciliado con mis engendros y esperpentos, tantas veces, que he perdido la cuenta para creer que tenemos un amor eterno. Mis sesos son arcilla, moldeados por la trayectoria de mi gusano, embellecidos y adornados por los animalillos traviesos. Vivo ahora entre corales, hice mi casa dentro de anémonas venenosas, a la vida le robe una hoja y me hice el techo, resguardada siempre por mi pulpo grande y salvador, el que, tan tierno, me cuenta historias y me acuna antes de dormir, rodeada siempre, siempre de mucha agua, ahogada entre burbujas duerme mi vida drogada por la sal y el veneno de mi anémona.
¡Me he soltado de las ataduras, escupí todas las amarguras!


